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domingo, 15 de octubre de 2017

PRESENTACIÓN ACTAS CONGRESOS AÑOS 2015 Y 2016 SOBRE BANDOLERISMO EN ANDALUCÍA DEL SIGLO XIX.





A las 12,00 horas del sábado 21 de octubre de 2017 en el Museo del Campo Andaluz, sito en C/ Enmedio nº 48 de la localidad de Alameda (Málaga), y durante las “III Jornadas sobre Bandolerismo en Andalucía”, se procederá a la presentación de las Actas de las I y II Jornadas celebradas en los años 2015 y 2016.

En dichas Actas se publican los textos íntegros de las siguientes ponencias de Jesús Núñez:

  • ORÍGENES DE LA GUARDIA CIVIL SU ÉXITO FRENTE AL BANDOLERISMO. 
  • LEGISLACIÓN Y NORMATIVA SOBRE BANDOLERISMO EN LA GUARDIA CIVIL (1844-1894): MEDIO SIGLO VELANDO POR EL ORDEN Y LA LEY.

sábado, 14 de octubre de 2017

UN ESPAÑOL, UN MILITAR, UN AMIGO Y UN EJEMPLO. JOSÉ SÁNCHEZ GEY (1919-2017).

Obituario escrito por Jesús Núñez y publicado en "DIARIO DE CÁDIZ" el 14 de octubre de 2017, pág. 16.

El original está ilustrado por una fotografía en blanco y negro.

El 1º de Octubre, cuando la unidad de la Patria se veía gravemente amenazada por los separatistas catalanes, fallecía en Cádiz, a los 98 años de edad, un español, un militar, un amigo y un ejemplo a seguir para toda persona de bien.

Se trataba de José Sánchez Gey, teniente coronel de Infantería del Ejército de Tierra, en situación de retiro, una persona muy conocida y querida en Cádiz cuyo fallecimiento no sólo ha dejado un profundo vacío en su familia sino también entre sus numerosos amigos.

Hijo de Ramón Sánchez Hervada y Dolores Gey Mena, nació en Villamartín el 17 de septiembre de 1915, donde su padre estaba destinado entonces como guardia civil y donde con el paso del tiempo llegaría a ser el sargento comandante de puesto.

A los 18 años, siendo el 5 de noviembre de 1935, en plena Segunda República, se alistó como voluntario en el Regimiento de Infantería nº 27 de Cádiz que por aquel entonces tenía su acuartelamiento en las bóvedas del recinto amurallado de Puerta de Tierra.

Y apenas transcurriría un mes cuando el 8 de diciembre siguiente formaría en la compañía del Ejército que rindió honores en la plaza de España, frente al monumento de las Cortes de 1812, a la bandera que la Diputación de Cádiz entregaba a la Comandancia de la Guardia Civil. Su padre, ya sargento, formaría en la misma ceremonia, pero en la compañía de la Benemérita. Sería la primera y última vez que coincidieron en la misma formación.

El inicio de la Guerra Civil le sorprendió formando parte de la guardia que custodiaba la prisión militar de Santa Catalina. Era el centinela que se encontraba, fusil en mano, en la entrada del castillo cuando en la mañana del 19 de julio de 1936 fueron ingresadas las autoridades civiles y militares leales al gobierno de la República, detenidas poco antes en la Diputación Provincial. Pero esa es una historia, con anécdota personal suya, que merece ser contada en detalle otro día.

Aquella incívica contienda, en la que perdió a su hermano Ramón, de apenas 12 años de edad, víctima de un bombardeo de la aviación republicana acaecido el 25 de agosto siguiente sobre la ciudad, marcó su vida y su futuro profesional.

No voy a recordar sus vicisitudes castrenses pues ya quedaron recogidas en una extraordinaria entrevista hecha por un amigo común y gran periodista, Emilio López Mompell, hoy también desgraciadamente ausente. Fue publicada el 19 de enero de 2014 en DIARIO DE CÁDIZ.

Pero lo que sí que voy a reproducir es algo que la modélica modestia del entrevistado nunca dijo y que eran sus sobresalientes virtudes militares. Sirvan como botón de muestra dos informes inéditos dirigidos al coronel jefe del Regimiento de Infantería Álava núm. 22, de guarnición en Tarifa y donde estaba destinado el entonces teniente Sánchez Gey.

El primero está fechado el 17 de noviembre de 1948, donde el Capitán General de la II Región Militar, con cabecera en Sevilla, expresaba que examinados los ejercicios de reconocimientos militares por patrullas de oficial llevados a cabo por la fuerza de esa Región, “se ha distinguido entre todos; por su claridad de expresión, acertado planteamiento y buena resolución”.

El segundo informe fue emitido el 15 de diciembre de 1954 por el coronel director del Centro de Instrucción de la II Región Militar, tras realizar el V Curso Especial Complementario del de Transformación de Oficiales. Tras afirmar textualmente que “ha sobresalido sobre todos los demás”, continuaba destacando lo siguiente: “este Oficial de amor extraordinario a la carrera de las armas, de una capacidad profesional no improvisada sino madurada durante sus años de servicio, ha puesto en todo momento el máximo interés y su rendimiento en el Curso, ha sido positivo en todas las asignaturas que en el mismo se han tratado”.

Y así siguió de forma constante a lo largo de su brillante y meritoria carrera militar, que no finalizó cuando por cumplir la edad reglamentaria pasó a la situación de retiro, sino que continuó estrechamente ligado a la Milicia como miembro de la Hermandad Provincial de Antiguos Caballeros Legionarios de Cádiz, que hoy día preside precisamente su hijo José Manuel.

También son sobradamente conocidas sus virtudes humanas e intelectuales, amén de profundo y fervoroso creyente católico, razón por la cual no voy a reiterar. Lo dicho, un español, un militar, un amigo y un ejemplo a seguir para toda persona de bien. Fue todo un honor conocerlo y gozar de su amistad.





lunes, 18 de septiembre de 2017

ANTECEDENTES HISTORICOS DE LA IV ZONA DE LA GUARDIA CIVIL DE ANDALUCIA


Artículo escrito por Jesús Núñez el 18 de junio de 2008 con motivo de los actos preparatorios de la  ceremonia de entrega de la Enseña Nacional a la IV Zona de la Guardia Civil de Andalucía, donada por el Real Círculo de Labradores y Propietarios de Sevilla, que tuvo lugar en la Plaza de España en la capital hispalense el 7 de octubre de 2008.

                                                                       -oo0oo-

   Desde los tiempos fundacionales del benemérito Instituto de la Guardia Civil, el despliegue territorial se articuló en Tercios que a su vez estaban integrados por dos o más Comandancias. 

   Los Jefes de Tercio dependían directamente del Director General, por cuyo conducto recibían las órdenes oportunas y elevaban las correspondientes novedades. 

     Durante varias décadas no hubo más generales en la Guardia Civil que el propio Director y poco más tarde, el llamado General Secretario, que se trataba de un general de brigada en sus orígenes y posteriormente de un general de división, siendo éste el antecedente histórico de la figura del Subdirector General.

Hasta ya bien entrada la segunda década del siglo XX, no se promovieron más coroneles de la Guardia Civil al empleo de general de brigada, ya que la propia orgánica del Cuerpo ni los contemplaba ni asignaba funciones. 

     Sin embargo en 1918 se consideró que dado el vasto despliegue territorial del Instituto, era conveniente que el Director General contara con varios generales de brigada, que bajo sus órdenes directas, realizaran labores de inspección sobre las unidades que puntualmente se les ordenase. Inicialmente sólo hubo dos generales de brigada a los que se encomendó tal actividad, teniendo fijada su residencia oficial en Madrid.

Pero al poco y dados los continuos desplazamientos y el tiempo que se invertía en ello, se pensó en la posibilidad de descentralizarlos geográficamente y que dichos generales inspectores pudieran residir en otras capitales desde las que pudieran atender mejor las funciones encomendadas.

Y así, a propuesta del Director General, se dictó la Real Orden Circular de 4 de octubre de 1919, con “el fin de imprimir unidad de acción a las disposiciones del mismo en determinadas regiones o zonas de carácter similar en cuanto al servicio de dicho Instituto se refiere, el Rey (q.D.g.) ha tenido a bien resolver que los Generales inspectores a las órdenes del Director general residan en lo sucesivo en las capitales que puedan considerarse como centros de las expresadas zonas, trasladando desde luego su residencia a Sevilla el General de brigada D. Eduardo Lobo Alanís, para atender a las incidencias de las regiones primera, segunda, tercera, Canarias y África”.

Dichas regiones eran las correspondientes a la división territorial militar de la época, comprendiendo las siguientes provincias: Primera Región Militar de Madrid (Madrid, Toledo, Ciudad Real, Badajoz, Cuenca y Jaén), Segunda Región Militar de Sevilla (Sevilla, Cádiz, Córdoba, Huelva, Granada y Málaga) y Tercera Región Militar de Valencia (Valencia, Murcia, Alicante, Albacete y Almería).

Pronto se observó que dos generales inspectores eran insuficientes para tan magna labor y se decidió elevar su número a cuatro. Como consecuencia de ello se propuso dividir el despliegue territorial del Cuerpo en cuatro Zonas, perfectamente delimitadas y ya con tal denominación oficial por primera vez en el Instituto, pudiéndose afirmar que la Real Orden Circular de 20 de Mayo de 1926, publicada en el Boletín Oficial de la Guardia Civil  núm. 17 de 10 de Junio de 1926, es el antecedente histórico de la creación de las actuales Zonas de la Guardia Civil, que inicialmente se adaptaron al despliegue territorial militar y hoy día al despliegue de las Comunidades Autónomas.

Conforme se establecía en dicha Real Orden Circular, “S. M. el Rey (q. D. g.) se ha servido disponer” que las fuerzas de la Guardia Civil residentes en la Península, fueran divididas en cuatro Zonas, de cuya inspección se harían cargo otros tantos generales de brigada del Cuerpo.

La Segunda Zona fue asignada al General de Brigada Benito Pardo González, fijándose su residencia oficial en Sevilla, quien como premio a sus méritos, ascendería al empleo de General de División y sería Subdirector General del Cuerpo (1931-1932).

Dicha Zona estaba compuesta, conforme se disponía en la citada ROC, por los Tercios 4º de Sevilla (Comandancias de Sevilla, Huelva y de Caballería), 8º de Granada (Comandancias de Granada y Almería), 15º de Murcia (Comandancias de Murcia y Alicante), 16º de Málaga (Comandancias de Málaga y Cádiz), 18º de Córdoba (Comandancias de Córdoba, Ciudad Real y Caballería) y 23º de Jaén (Comandancias de Jaén, Albacete y Caballería) así como las Comandancias de Marruecos y Canarias.
  
La implicación de la Guardia Civil de Sevilla en el intento de sublevación militar del 10 de agosto de 1932, encabezado por el Teniente General José Sanjurjo Sacanell, antiguo Director General del Cuerpo, motivaría, entre otras medidas, que la cabecera de la Zona fuera trasladada a Córdoba, si bien al finalizar la Guerra Civil, volvería a Sevilla nuevamente, donde permanece en la actualidad, limitada a las ocho provincias que hoy día integran la Comunidad Autónoma de Andalucía.



Fuentes de donde se ha obtenido la información: Diario Oficial del Ministerio de la Guerra (1919), Anuario Militar de España (1920), Colección Legislativa del Ejército (1923), Boletín Oficial de la Guardia Civil (1926) y Gaceta de Madrid (1931).

domingo, 3 de septiembre de 2017

LA GUARDIA CIVIL DURANTE LA SEGUNDA REPÚBLICA (1931-1936).

Introducción de Jesús Núñez publicada en el libro "CUADERNOS DE UNIFORMES. II REPÚBLICA ESPAÑOLA (1931-1936). LA GUARDIA CIVIL" cuyo autor es Francisco Camas Sánchez.

http://jesusnarcisonunezcalvo.blogspot.com.es/2017/05/blog-post.html

http://jesusnarcisonunezcalvo.blogspot.com.es/2016/12/cuadernos-de-uniformes-ii-republica.html


Cuando el 14 de abril de 1931 se proclamó la Segunda República, el benemérito Instituto de la Guardia Civil, que contaba entonces con una plantilla de 27.487 efectivos, constituía el principal cuerpo de seguridad pública del Estado, tanto en entidad numérica como despliegue territorial.

Es por ello, que su posicionamiento era fundamental para conseguir “la instauración pacífica de la República con tranquilidad y con fuerza”, tal y como escribió en sus Memorias, su primer presidente, Niceto Alcalá-Zamora Torres.

Y ello quedó demostrado, según siguió relatando, al entrar aquel histórico día en el ministerio de la Gobernación, sito en la madrileña Puerta del Sol: En el portal la Guardia Civil nos presentó armas; todo había acabado en paz y éramos ya más que la revolución triunfante, su gobierno reconocido y servido por la fuerza armada regular”.

Desde esa fecha y durante los cinco años siguientes, la Guardia Civil vivió y padeció uno de los periodos más complicados y controvertidos de su historia, siendo objeto de toda clase de ataques y agresiones por quienes querían violentar la legalidad, llegándose a exigir incluso su disolución.

También experimentó diversas reorganizaciones siendo la más importante de ellas, la surgida tras la frustrada sublevación militar encabezada el 10 de agosto de 1932 por el teniente general José Sanjurjo Sacanell, que se encontraba al frente del Instituto de Carabineros y que anteriormente lo había estado del de la Guardia Civil.

A pesar de que apenas fue secundado, se pretendió disminuir su plantilla, se disolvieron algunas unidades, se reorganizaron otras y su Dirección General se reconvirtió en Inspección General, pasando a depender del Ministerio de la Gobernación, en vez del de la Guerra como hasta entonces venía sucediendo.

Sin embargo, frente a aquella excepción, la mayoría de los gobiernos de la República no sólo quisieron mantener el principal instrumento policial que tenían para velar por el orden público, sino que aumentaron sus efectivos en un 25 %, alcanzando una plantilla de 34.391 hombres. Igualmente mejoraron sus condiciones de servicio, económicas, acuartelamientos, armamento y medios materiales, destacando los de comunicación y movilidad.

También fortalecieron su moral, destacando la concesión de enseña nacional a una veintena de Comandancias y sobre todo, con la única concesión que hubo de la Corbata de la Orden de la República. Fue por Decreto de 11 de febrero de 1935, “para premiar como recompensa colectiva los innumerables actos heroicos llevados a cabo por el personal del mismo y los relevantes servicios de carácter cívico y humanitario que ha rendido a España y a la República en el cumplimiento de sus deberes”.

Todo ello fue el justo reconocimiento a unos hombres, que con sus familias en las casas-cuarteles, sufrieron la extrema violencia en uno de los periodos más convulsos de la Historia de España y que tuvo su mayor exponente en la llamada Revolución de Octubre de 1934, resultando muertos 111 de sus miembros y heridos otros 182.


Si los tradicionales pilares de honor, valor, lealtad y disciplina, inculcados por el duque de Ahumada fueron vitales para la Guardia Civil desde su creación en 1844, más se acreditaron durante la Segunda República.

sábado, 2 de septiembre de 2017

LEGIÓN ESPAÑOLA DE VOLUNTARIOS EN RUSIA.

Recensión escrita por Jesús Núñez y publicada en la Revista profesional "GUARDIA CIVIL" núm. 851, correspondiente al mes de marzo de 2015, pág. 110.

El original está ilustrado por una fotografía en color.

La editorial Actas acaba de publicar, en una cuidada edición de gran formato, un más que magnífico libro sobre la última unidad del Ejército español que combatió en Europa durante la Segunda Guerra Mundial: la Legión Española de Voluntarios, creada tras decidirse por acuerdo del consejo de ministros de 24 de de septiembre de 1943, la repatriación de la División Española de Voluntarios que estaba en el frente ruso, combatiendo encuadrada en el Ejército alemán.

De la mano de dos de los más expertos investigadores en la materia, Manuel Pérez Rubio y Antonio Prieto Barrio (capitán de Ingenieros del Ejército), el lector podrá conocer a lo largo de 461 páginas ilustradas por una privilegiada e inédita colección fotográfica en su mayor parte, de época y actual, los pormenores de dicha unidad militar española.

Su prólogo y epílogo se deben a otros dos grandes especialistas, como son Pablo Sagarra Renedo, y el general de brigada de Infantería retirado Salvador Fontenla Ballesta, ambos autores de varios libros al igual que los primeros.

La obra puede decirse que está estructurada en tres partes. La primera sigue un orden cronológico y se parte de la situación existente en 1943 en el frente ruso y la repatriación de la División Española de Voluntarios, para pasar a relatar la organización de la nueva unidad, su constitución, reclutamiento, composición, normativa, orgánica y toda clase de vicisitudes con atención especial a los duros periodos de combate, finalizando con su repatriación.

La segunda parte trata sobre los aspectos relativos al personal que la integraba, el despliegue sanitario y la red hospitalaria, la asistencia religiosa, los desertores, los prisioneros y los caídos, finalizando con la semblanza de cuatro de sus componentes.

Y la tercera está dedicada a la reproducción de documentación oficial de gran interés, la militaria relacionada con dicha unidad, y nueve anexos dedicados a hemeroteca, banderas y guiones, el servicio de correos, instalaciones militares alemanas utilizadas, armamento, vehículos y material, la instrucción general mediante la que se constituía, los diarios de operaciones de unidades y toponimia.

Hay que resaltar que en dicha obra se detallan, además, con gran minuciosidad y rigurosidad, los uniformes, insignias, distintivos, documentos, condecoraciones y armamento utilizados por los cerca de 2.300 efectivos que la integraban.

También se hace referencia al casi medio centenar de miembros de la Guardia Civil, encuadrados en la Legión Española de Voluntarios, al objeto de cumplir funciones de policía militar o gendarmería de campaña. 

En sus páginas se detalla como quedó estructurada esta pequeña unidad del Cuerpo en una jefatura, sección de vanguardia y otra de retaguardia así como su plantilla oficial y el estado real de la fuerza, amén de quienes fueron sus respectivos cuadros de mando: el capitán Ángel Ramos Patiño, los tenientes Eustasio Llorente Sainz y Lorenzo Gómez Benítez, y los brigadas José Luis Domínguez Pelayo y Salvador Ruiz Pascual.

Pero tal y como cuentan los autores no fueron los únicos miembros del Cuerpo pues, si bien no formaban parte de la plantilla de la Legión Española de Voluntarios, hubo además un destacamento de la Guardia Civil en París y otro en Hendaya, siendo los de éste, los últimos militares españoles en regresar a territorio nacional tras la repatriación de aquella en abril y mayo de 1944.

En definitiva se trata de una obra, rigurosa, bien elaborada y muy bien documentada, que no solamente no defraudará en ninguno de sus aspectos al lector, sino que ampliará en mucho sus conocimientos por muy aficionado y estudioso que se sea de esa parcela de la historia militar española, en la cual nuestra Guardia Civil también escribió su propia página.


Título: LEGIÓN ESPAÑOLA DE VOLUNTARIOS EN RUSIA.
Editorial: Actas.
Páginas: 461.

Precio: 41’60 €.

martes, 1 de agosto de 2017

LAS ÚLTIMAS MATRONAS DE LA GUARDIA CIVIL (1987-1999).


Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "EUROPA SUR" el 31 de julio de 2017, pág. 16; en "DIARIO DE JEREZ" el 6 de agosto de 2017, pág. 19; y en "DIARIO DE CÁDIZ" el 7 de agosto de 2017, pág. 26.

El original está ilustrado con una fotografía en blanco y negro.

El final de siglo y medio de historia en las Aduanas.


El consejo de ministros celebrado el 13 de febrero de 1987 abrió una nueva etapa en la historia de las matronas, aquellas mujeres que como hemos visto en los artículos anteriores, sirvieron en el Cuerpo de Carabineros desde mediados del siglo XIX, y en el de la Guardia Civil desde 1940, tras absorber éste a aquél.

A propuesta de los ministros de Defensa e Interior se había aprobado ese día la provisión de plazas para el ingreso en la profesión militar durante dicho año: 1.687 para las Fuerzas Armadas y 3.446 para la Guardia Civil. De estas últimas, 69 eran para matronas, lo cual no dejaba de llamar la atención ya que realmente eran las únicas que aunque sometidas al régimen interior del Benemérito Instituto no tenían la condición de militar.

Pero lo más novedoso vino poco después cuando por resolución de 30 de abril siguiente, la Subsecretaría del ministerio de Defensa, en uso a las atribuciones establecidas en el reglamento general para ingreso en la profesión militar, aprobado el año anterior, y de conformidad con el director de la Seguridad del Estado, se convocó por primera -y única- vez en la historia, pruebas selectivas de acceso libre para cubrir esas 69 plazas de matronas de la Guardia Civil.

Hasta entonces había que ser necesariamente viuda o huérfana soltera de la Benemérita y ahora podía optar cualquier ciudadana española mayor de edad sin distinción de procedencia ni de estado civil que estuviera en posesión al menos del certificado de escolaridad y acreditara una buena conducta moral y social. Podían acceder casadas o contraer matrimonio cuando quisieran, algo que había estado expresamente prohibido a las anteriores.

El procedimiento de selección de las aspirantes constaba de dos fases. Una de concurso donde se valoraban sus méritos académicos y profesionales, y la otra, de oposición, en la que debían superarse un reconocimiento médico, una prueba psicotécnica y otra de carácter cultural constituida a su vez por cinco ejercicios escritos sobre la Constitución de 1978, matemáticas, lenguaje y ciencias naturales y sociales.

El éxito de la convocatoria fue absoluto pues se presentaron más de 4.200 instancias, es decir, más de 60 aspirantes por plaza. Los exámenes se realizaron en octubre y el nivel académico de las que ingresaron fue muy alto, encontrándose entre ellas 16 licenciadas universitarias y 20 diplomadas en magisterio. El resto tenían titulación mínima de bachiller o formación profesional.

Tras un mes de formación en la ya desaparecida Academia del Servicio Fiscal de la Guardia Civil, ubicada en la localidad barcelonesa de Sabadell, recibieron sus nombramientos el 18 de diciembre de 1987. Su programa de estudios se centró principalmente  en el estudio de la legislación penal y aduanera en materia de contrabando y drogas.

Muy jóvenes en su inmensa mayoría, entre 18 y 28 años de edad, fueron destinadas diez días después, en la festividad de los Santos Inocentes, a las Comandancias para prestar su servicio específico: el registro corporal de personas de su mismo sexo en los recintos aduaneros de aeropuertos, fronteras y puertos, junto a más de un centenar de matronas veteranas ya existentes.

No sólo prestaron servicio propio del Resguardo Fiscal en la represión del narcotráfico y el contrabando oculto en cuerpos femeninos sino que incluso realizaron en algunos casos, apoyos en detenciones de mujeres terroristas y comparecencias judiciales. Hay que tener en cuenta que entonces las matronas eran las únicas mujeres que existían en la Guardia Civil.

La 1ª promoción de 197 guardias civiles femeninas no ingresó hasta el 1º de septiembre del año siguiente en la Academia jienense de Baeza, y no comenzó a prestar servicio hasta después de recibir su nombramiento el 23 de junio de 1989. Precisamente algunas de las nuevas matronas fueron sus monitoras.

Todo aquello supondría el principio del fin de las matronas en la Benemérita. Hubieran podido haber sido dos formas perfectamente compatibles de prestar servicio en la Guardia Civil, y ambas muy necesarias, pero sin embargo se terminó por considerar que con la progresiva incorporación de la mujer en el empleo de guardia durante los años siguientes ya no sería necesaria su continuidad como matrona.

No volvieron a convocarse más plazas y se llegó a estudiar soluciones sobre su futuro profesional, llegando a comunicarles el propio director general de la Benemérita, en carta individualizada de 3 de noviembre de 1989, varias posibilidades: continuar de matronas hasta su extinción; integrarse como guardias civiles profesionales siempre que cumplieran los requisitos y superaran las pruebas correspondientes; o pasar a ocupar determinados puestos de trabajo de la Administración del Estado.

La mayor parte de ellas hubieran deseado convertirse en guardias civiles pero lamentablemente no se les facilitó finalmente esa opción y siguieron siendo matronas hasta el último momento. 

Transcurridos nueve años, la Ley 50/98, de 30 de diciembre, de medidas fiscales, administrativas y de orden social, estableció que dichas matronas, declaradas ya a extinguir, quedasen adscritas al ministerio del Interior a través de la Dirección General de la Guardia Civil, al objeto de realizar misiones “de carácter instrumental y apoyo administrativo”. Es decir, “trabajos de taquigrafía, mecanografía, despacho de correspondencia, calculo sencillo, manejo de máquinas y otros similares”.

Consecuente con lo anterior, la Dirección General dictó la Circular nº 2, de 17 de febrero de 1999, mediante la cual se dispuso que “las matronas dejarán de desempeñar la función específica de cacheos y registro de personas que venían realizando”.

Dado que desde 1988 no había ingresado ninguna mujer como matrona en la Guardia Civil, a medida que por razones de edad o de salud fueron causando baja, las vacantes que iban quedando no se cubrían, razón por la cual su número fue disminuyendo.

Las últimas siete matronas de la provincia de Cádiz que prestaban sus servicios en las Comandancias de Cádiz y Algeciras, dentro de los recintos aduaneros del aeropuerto de Jerez de la Frontera; los puertos de Cádiz, Algeciras y Tarifa; así como en el de la Verja de la colonia británica de Gibraltar, en La Línea de la Concepción, finalizaron entonces sus cometidos. Estos pasaron a ser asumidos por guardias civiles femeninas mientras ellas comenzaron a ejercer cometidos burocráticos en las oficinas como funcionarias.

Se trataban de Lucía Díez González, Julia Malagón Cobo, María Asunción Martín Clavero, María Mateos Jiménez, María Luisa Moncada Alba, Eulalia Salvo González y Margarita Sánchez Baz.

Terminaba así siglo y medio de historia de las matronas del Resguardo Fiscal. Una historia que tal vez nunca debió concluir de esa forma y que posiblemente debió haber continuado. Han transcurrido ya casi dos décadas y en los recintos aduaneros se les sigue recordando y echando de menos. E incluso hay quienes quieren que vuelvan.




sábado, 27 de mayo de 2017

PRESENTACIÓN LIBRO. CUADERNOS DE UNIFORMES. II REPÚBLICA ESPAÑOLA (1931-1936). LA GUARDIA CIVIL.





DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ

1º DE JUNIO DE 2017

19,30 HORAS.


Artículo publicado en la Sección de Cultura de DIARIO DE CÁDIZ el 1º de junio de 2017.

Un libro documenta la uniformidad de la Guardia Civil en la Segunda República

  • Francisco Camas presenta hoy su obra en la Diputación de Cádiz acompañado por el historiador Jesús Núñez
El salón del claustro del Palacio de la Diputación Provincial de Cádiz acoge hoy la presentación de una obra dedicada a la uniformidad empleada por la Guardia Civil durante la Segunda República (1931-1936) de la que es autor Francisco Camas Sánchez. El acto comenzará a las siete y media de la tarde y en él intervendrá el historiador Jesús Núñez.
El libro está ilustrado con numerosas fotografías en blanco y negro y en color y entre ellas destaca una colección de figuras realizadas por el artista Bartolomé Macías Benítez, señala Jesús Núñez. La obra que ha escrito Francisco Camas constituye el primer número de una serie dedicada a los uniformes usados por las Fuerzas Armadas y las Fuerzas de Orden Público españolas durante la Segunda República.
Camas ha dedicado varios años al estudio y a la recopilación gráfica de la uniformidad utilizada entonces por el instituto armado. Su libro es un homenaje a la memoria del general de la Guardia Civil José Aranguren Roldán.
En su trabajo, Francisco Camas ha contado con la colaboración y las aportaciones del coronel de la Guardia Civil Jesús Narciso Núñez Calvo y del teniente coronel del Cuerpo Jurídico Militar Joaquín Gil Honduvilla, ambos doctores en Historia. También de otras personas y de grandes especialistas en el estudio de la uniformidad militar en general, como Mencey del foro Gran Capitán, Carlos Villarroel Rodríguez y Antonio Gayúbar Puértolas, y en la uniformidad de la Guardia Civil en particular, como Alfonso González Bolaños y Jesualdo Moreno. Ha colabora también con el autor Eduardo Rodríguez Domínguez, que es el depositario de la colección de fotografías tomadas por su abuelo Dubois durante la Segunda República.
Los próximos cuadernos de la serie abordarán, entre otros, la uniformidad de la Armada, de la Aviación, de las Fuerzas de Seguridad y Asalto y de la Milicia Nacional, Carabineros y Vigilantes de Caminos.
Reseña publicada en la Sección de Cultura de DIARIO DE CÁDIZ el 2 de junio de 2017.
El salón del claustro de la Diputación Provincial acogió ayer por la tarde la presentación del libro Cuadernos de uniformes de la II República Española (1931-1936). La Guardia Civil, escrito por Francisco Camas Sánchez. El acto contó con la intervención del historiador Jesús Núñez. Camas ha dedicado varios años al estudio y la recopilación gráfica de la uniformidad utilizada entonces por el instituto armado. El libro, ilustrado con numerosas fotografías en blanco y negro y en color, es un homenaje a la memoria del general de la Guardia Civil José Aranguren Roldán.


martes, 9 de mayo de 2017

LAS ANTIGUAS MATRONAS DE LA GUARDIA CIVIL (1940-1987).

Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "EUROPA SUR" el 8 de mayo de 2017, pág. 11; y en "DIARIO DE CÁDIZ" el 19 de mayo de 2017, pág. 29.

El original está ilustrado con una fotografía en blanco y negro.

Prestaron servicio en Algeciras, Cádiz, La Línea y Tarifa.

Al entrar en vigor la Ley de 15 de marzo de 1940 la Guardia Civil absorbió a Carabineros, asumiendo el resguardo fiscal y la vigilancia de costas y fronteras. Respecto a las matronas, algo novedoso para la Benemérita, hubo de transcurrir una década para que se revisara su normativa.

Por Decreto de 14 de julio de 1950, del ministro de Gobernación Blas Pérez González, firmado por Franco como jefe del Estado, se aprobó el "Reglamento para el reclutamiento, disciplina y servicios de Matronas de la Guardia Civil". El director general era el teniente general Camilo Alonso Vega.

Introdujo importantes diferencias respecto a Carabineros. Hizo más restrictivo el acceso, limitándolo sólo a viudas y huérfanas solteras de la Benemérita. La Guerra Civil y la lucha contra "los del monte" habían motivado que aumentase muchísimo su número y las pensiones eran insignificantes. Si bien su sueldo era inferior al de un guardia civil, constituía un imprescindible sostén económico.

Mantuvo la edad mínima de 25 años para ingreso y rebajó la máxima a 45. Al resto de requisitos de salud, aptitud y una única matrona por familia ya existentes, se le añadió el de acreditar buena conducta político-social, como el resto de funcionarios de la época.

Los escalafones de aspirantes se reorganizaron en dos registros que comprendían a su vez tres escalas. El primero para viudas y huérfanas de jefes y oficiales, y el segundo para las de suboficiales y clases de tropa.

Cada registro comprendía tres escalas: viudas y huérfanas de muertos en acción de guerra, fusilados por el enemigo o en actos del servicio o a consecuencia de heridas recibidas en cada caso; las de los fallecidos de muerte natural que no fueran pensionistas del estado, provincia o municipio; y las que si lo eran.

A igualdad de fecha de solicitud se priorizaba según el número de familiares que tenían a su cargo. De cada cinco vacantes se adjudicaba una a las viudas y huérfanas de jefes y oficiales, y cuatro a las de suboficiales y clases de tropa.

El examen de aptitud se hacía en cada comandancia ante un tribunal compuesto por su jefe, un capitán y un teniente. Las aprobadas eran anotadas en el registro y escala que les correspondía en espera de vacantes, razón por la cual se tardaban varios años en ingresar.

Trascendental fue la ampliación de la edad de retiro hasta los 65 años para que pudieran percibir una pensión. A partir de los 56 y de dos en dos hasta la jubilación, debían superar un reconocimiento médico. Un decreto de 16 de junio de 1966, del ministerio de Hacienda, les reconoció su carácter funcionarial.

Sin embargo, se les continuó obligando a mantener su viudez o soltería, ya que la finalidad principal, además de contar con personal de absoluta confianza para detectar contrabando oculto en la ropa o cuerpo de mujeres, era ayudar con un pequeño sueldo a quiénes carecían de ingresos suficientes. Si se casaban se tenían que licenciar. Todo ello y la dureza del servicio hacía desistir a muchas.

Se les permitió vivir en casas-cuarteles pero no podían ausentarse de la demarcación sin permiso de su jefe, teniendo derecho a las mismas vacaciones que los guardias civiles. Se prohibió expresamente que pudieran emplearse "en servicio doméstico de ninguna Autoridad ni funcionario público".

El nuevo reglamento siguió regulando sus expedientes personales, anotándose vicisitudes profesionales, premios y castigos. Dada la importancia que tenía la moralidad y honestidad en el servicio se incluyeron artículos muy explícitos, basados en la “Cartilla del Guardia Civil”: "Bajo ningún pretexto recibirán regalos, bien sea en dinero, alhajas, ropas o manjares, pues estas demostraciones son siempre el precio a que se compra la infidelidad. Se abstendrán escrupulosamente de todo trato con personas sospechosas de dedicarse al contrabando o fraude, así como de malos antecedentes, y guardaran absoluto sigilo sobre los asuntos relacionados con su peculiar servicio, bajo las sanciones establecidas".

Las faltas disciplinarias se endurecieron, clasificándose en leves, graves y muy graves. Las primeras eran la falta de puntualidad en el servicio, el poco aseo de su persona y traje, así como "las infracciones o defectos que, por su naturaleza, pueden estimarse lógicamente excusables". Su comisión se sancionaba con amonestación, verbal o escrita; apercibimiento o multa de 1 a 15 días de haber.

Las graves eran la indisciplina, la desconsideración al público y a las autoridades en el servicio, las que afectasen al decoro social o profesional y "la resistencia al cumplimiento de la misión que le está encomendada". El castigo era "traslado a un destino más penoso" o suspensión de empleo y sueldo de 15 días a dos meses.

Y las muy graves eran el abandono del servicio, la insubordinación, la falta de probidad, la negligencia o lenidad en el cumplimiento del deber, la confabulación con los infractores o perjuicio a las "Rentas Públicas", y todas las demás que pudieran constituir delito conforme la legislación vigente. Se sancionaba con la expulsión, sin perjuicio de otras responsabilidades.

Caso de caer enfermas, aún justificadamente, más de tres meses en el año natural, eran calificadas de "salud poca". Si reincidían dos años consecutivos o cinco alternos, causaban baja definitiva en el Cuerpo.

El servicio se prestaba en horas de despacho de las Aduanas o en las que les señalase su jefe, vistiendo la bata reglamentaria que consistía en un guardapolvo de gabardina de algodón color gris verdoso con el emblema de la Guardia Civil, sujeto por un alfiler imperdible, "colocado en el costado y altura en que se llevan las condecoraciones militares".

Con el paso de los años les fue sustituido por un traje-chaqueta con falda-pantalón por la rodilla color verde, gorro, camisa y corbata verde, con los emblemas reglamentarios, así como zapatos negros, medias beige y guantes blancos. En verano usaban camisa verde de manga corta reglamentaria.

Procuraban "no causar molestias a las personas que debían reconocer, con las que usarán buenos modales, urbanidad y trato decente". Igualmente tenían que extremar su celo en el servicio, "pues si sus Jefes dispusieran un segundo reconocimiento, y del resultado de éste se patentizaran deficiencias del primero, se impondrá la correspondiente corrección a la Matrona que lo hubiera efectuado".

La mejor definición de aquellas 93 matronas (6 de 1ª clase y 87 de 2ª) más otras 12 que hubo procedentes del antiguo Protectorado de Marruecos, la escribió en 1983 el capitán Celso Lamela López: "Mujer de intachable conducta en todos los órdenes, perteneciente al Benemérito Cuerpo de la Guardia Civil, que presta sus servicios en Unidades de Especialistas Fiscales en Aduanas tanto Terrestres como Marítimas, encargadas de efectuar los registros al personal femenino y que para su ingreso es preciso que su corazón esté roto y vestido de luto por haber sufrido la pérdida de un ser querido".

En nuestra provincia prestaron servicio en los puertos de Algeciras, Cádiz y Tarifa así como en la Verja de La Línea de la Concepción con Gibraltar.


En 1987 se implantó un nuevo y efímero sistema de ingreso pero eso es otra próxima historia.


miércoles, 3 de mayo de 2017

LAS MATRONAS DEL CUERPO DE CARABINEROS (1860-1940).

Artículo escrito por Jesús Núñez y publicado en "EUROPA SUR" el 29 de abril de 2017, pág. 9; y "DIARIO DE CÁDIZ" el 5 de mayo de 2017, pág. 26.

El original está ilustrado con una fotografía en blanco y negro.

La provincia de Cádiz concentró el mayor número de matronas en España.

Si bien no se ha podido localizar todavía la disposición concreta por la que se crearon las matronas en el Cuerpo de Carabineros si se cree que debió ser a mediados del siglo XIX.
Dado que se trataba de un instituto militar integrado sólo por hombres que prestaban principalmente su servicio en costas, fronteras y puertos para evitar el contrabando, pronto surgió la necesidad, por razones de pudor y respeto, que las mujeres en los recintos aduaneros sólo fueran reconocidas por personas de su mismo sexo.
Gracias a una real orden de 3 de noviembre de 1861, dictada por el ministro de Hacienda Pedro Salaverría Charitu, y dirigida al teniente general Martín José Iriarte Urdániz, inspector general de Carabineros, se tiene constancia de que existían en España 30 plazas de matronas, que habían sido creadas disminuyendo igual número de carabineros de infantería.
De ellas, cinco pasaron a ser de 1ª clase, creándose dicha categoría, "a fin de ofrecer alguna ventaja que mantenga y estimule el celo de aquellas mujeres que prestan hoy el servicio del carabinero sin el porvenir que a este se le concede".
Esas cinco plazas estaban ubicadas en las comandancias de las provincias más importantes en materia de resguardo fiscal, bien por sus puertos marítimos o por sus fronteras terrestres: Alicante, Barcelona, Cádiz, Santander y Guipúzcoa.
Se fijó su sueldo en 10 reales diarios y "para que el Tesoro no sufra el pequeño aumento que esta reforma pudiera ocasionar, es la voluntad de S.M., que en el presupuesto de 1862 se suprima una plaza de carabinero de caballería, cuyo haber es igual al importe de la diferencia entre el sueldo de las matronas ordinarias y las de primera clase que se crean".
Las primeras bases para la admisión de matronas de que se tiene conocimiento se remontan a la circular núm. 107 de 7 de mayo de 1881, dimanante de la inspección general de Carabineros. Tras sufrir algunas modificaciones se dictó la real orden de 25 de diciembre siguiente, fijando tanto los requisitos para su admisión como para su permanencia y baja, que fueron recogidos en la circular núm. 31 de 3 de marzo de 1882.
Para ser matrona de Carabineros había que "ser viuda o huérfana de jefe, oficial o individuo de tropa del Instituto, o de jefe, oficial o individuo de tropa del Ejército que hubieren muerto en acción de guerra o de resultas de heridas recibidas en ella, o desempeñando función del servicio".
Además de acreditar que continuaban siendo viudas o huérfanas solteras, debían presentar la partida de bautismo, un "certificado de buena vida y costumbres" y un certificado médico "en el que se hagan constar reúne la aspirante las condiciones de buena salud y robustez necesarias para el desempeño del cargo que solicita". Tener cumplidos 25 años y no exceder de 50.
El ingreso se verificaba por rigurosa antigüedad en la fecha de presentación de la instancia, existiendo dos escalas: una para viudas y huérfanas de jefes, oficiales e individuos de tropa de Carabineros fusilados por el enemigo, muertos en acción de guerra, en función del servicio especial del Cuerpo o por consecuencia de heridas recibidas en aquellos casos; así como las hijas de las matronas licenciadas por edad que hubieran prestado buenos servicios.
La otra escala estaba integrada por viudas y huérfanas de individuos de los demás Cuerpos e Institutos del Ejército que reunieran las mismas condiciones que se exigían para las de Carabineros.

Al final de ambas escalas figuraban como supernumerarias las viudas de una y otra procedencia cuyos maridos hubieran fallecido de muerte natural, no teniendo derecho a plazas mientras hubiese de las otras por colocar.
Al aprobarse sus nombramientos se las destinaba a las Comandancias donde hubiera vacantes, siéndoles entregadas las correspondientes credenciales por sus jefes y asignándoseles con acuerdo de los administradores de Aduanas el punto donde habían de practicar el servicio.
A cada matrona se le abría una hoja de servicios que se encabezaba con su filiación y donde se estampaban correlativamente los servicios prestados, vicisitudes sufridas, ascensos y premios otorgados así como castigos impuestos.
Las recompensas podían ser gratificaciones económicas "con una cantidad prudencial" o condecoraciones, con o sin pensión. Caso de incurrir en faltas leves el castigo eran multas de 4, 8 o 15 días de sueldo, entendiéndose por tales, el poco aseo de su persona y traje, los malos modales con las personas a quienes debían reconocer, la poca puntualidad en la asistencia a su puesto y las faltas de respeto a los oficiales, jefes de Comandancia y administradores de Aduanas.

Si las faltas fueran de importancia o hubieran sufrido por segunda vez la imposición de la multa de 15 días de haberes, su jefe de Comandancia debía proponerlas obligatoriamente para su licencia absoluta. En caso de que su gravedad así lo requiriera debía darse cuenta a la autoridad judicial para que procediese a la formación de causa, "a la vez que se proponga a la Inspección la separación definitiva del Instituto de la culpable".
En el supuesto de que contrajeran matrimonio eran propuestas inmediatamente para su licencia.  Al cumplir los 54 años de edad se les expedía la licencia absoluta, o antes si el estado de salud no les permitía continuar en el servicio.

Y al igual que ocurría con las clases de tropa de Carabineros, conforme a la real orden de 8 de septiembre de 1867, se les podía prorrogar dos años más la edad de licenciamiento, "cuando reúnan buena salud y robustez y favorables antecedentes".
Hubieron de transcurrir más de tres décadas para que dichas bases fueran modificadas. Primero fue, por circular núm. 9 de 19 de enero de 1917, el régimen de castigos, suavizándolo. 

Se sustituyeron las sanciones económicas en las faltas leves por las reprensiones. Y para las de mayor gravedad, caso de que afectasen a la moralidad o las interesadas hubiesen reincidido por tercera vez en la comisión de una falta leve, debía comprobarse lo acaecido instruyendo previamente diligencias donde quedase acreditado que "son incorregibles y perjudicial su continuación en el Cuerpo", proponiéndose en tal caso por su jefe de Comandancia la licencia absoluta.
Transcurridos dos años, y al objeto de adecuarse a la real orden de 25 de junio de 1919, dimanante del ministerio de la Guerra, se decidió refundir dichas bases en la circular núm. 37 de 22 de octubre siguiente.
Se mantuvo prácticamente lo regulado en cuanto a requisitos, edades, premios y castigos, pero con la creación de los registros civiles en España, se podía aportar ya la partida de nacimiento en vez de la de bautismo. También se fijaron nuevas reglas al objeto de que sólo podía ser matrona en una misma familia, la viuda o una de las huérfanas.
Cuando por Ley de 15 de marzo de 1940 desapareció el Cuerpo de Carabineros para integrarse en el de la Guardia Civil, y con ellas sus matronas, había entonces una plantilla de 65 para toda España, de las que 1 pertenecía a la Comandancia de Cádiz, para prestar servicio en su puerto, y 16 a la de Algeciras, para hacerlo en su puerto y sobre todo en la verja de Gibraltar.